Mi admirado Alberto Olmos ha escrito un post demagógico (tal vez involuntariamente) con el que se ganará la aceptación de mucho wanabe sin suerte o sin talento (la culpa es de vuestros progenitores, viene a decirles).
Aunque el post no me alude directamente, soy al menos tan acomplejado como él, así que me doy por aludido. Y dado que soy escritor hijo de escritor, dejo aquí mi réplica:
Es indudable que el acceso a la literatura fue infinitamente más fácil para mí que para mi padre, cuyo progenitor despreciaba las novelas. Sin embargo, no conozco a muchos novelistas de mi generación ni de las precedentes cuyos padres también ejerzan o hayan ejercido "el oficio". Si esta circunstancia fuera tan decisiva tendría que haber más, pero no ocurre así. ¿Por qué razón? Porque esto no es un negocio que se herede como si fuera una zapatería o una tienda de fruta, sino un talento y una vocación que surgen de la naturaleza de la persona y también, sin duda, del entorno en el que ésta se desenvuelve. Pero el entorno cultural no afecta por igual a las personas. A lo mejor Olmos, en un entorno literario, habría optado por una trayectoria vital no literaria: estaría desempeñando, por ejemplo, el oficio de su padre, que no sé cuál es. Tal vez, el ambiente en el que se crió le facilitó una visión del mundo que con la edad le hizo desembocar en el escritor que hoy es. Quién sabe si con una familia dedicada a la literatura, habría existido Juan Mal-herido. ¡Qué suerte, pues, tener esa carencia con la que crear al cáustico y rabioso Mal-herido!
Cuánto se debe al entorno y cuánto a la genética es materia discutible. Lo que no es discutible es que casi el cien por cien de los novelistas de más éxito en España no son hijos de escritores: ni Mendoza, ni Marsé, ni Grandes, ni Vila Matas, ni Rivas, ni Ray Loriga, ni Manuel Vilas, ni Lorenzo Silva, ni Pérez Reverte, ni Fernandez Mallo lo son. Es más, los hijos de escritores suelen ser novelistas malogrados o con menos proyección que sus padres: Cela Conde, Torrente Malvido, los Panero... En virtud de este desequilibrio, que me coloca en franca minoría, soy consciente de que mi réplica, aunque modesta, está llamada a generar más animadversión que simpatía en el mundillo. La argumentación de Olmos facilita una coartada; la mía, un temor.
En la música abundan los compositores hijos de compositores; no ocurre lo mismo en la literatura. Beethoven era hijo de un músico, pero Shakespeare de un comerciante y Cervantes de un practicante. El literario parece ser un lenguaje artístico que requiere un esfuerzo distinto y que no se hereda tanto. Como dice un comentarista en el post de Olmos se echa en falta que su texto no valore las circunstancias que, por encima de la vocación del padre, facilitan el desarrollo de cualquier tipo de vocación: la clase social. Un muchacho de clase media o alta, sea su padre escritor (de éxito), ingeniero de caminos o abogado del Estado, siempre tendrá a su alcance más resortes para iniciar una trayectoria profesional acorde con su vocación, sea ésta la que sea.
¿No es esto lo evidente?
¿A qué post te refieres?
ResponderSuprimirEstoy contigo.
Pues sí, Juan, para mí tienes toda la razón, pero además de una manera abrumadora. Un abrazo. Rafa
ResponderSuprimirEs evidente que el entorno no tiene nada que ver con el hecho de que uno escriba o no. La familia puede constituir un bueno estímulo (o no, quién sabe) pero nada más. El talento y la disciplina es independiente de todo eso.
ResponderSuprimirSaludos,
Chisgarabís.
Hola Juan. Soy Araceli, de Gijón. ¿te acuerdas? la del loro ;-). Enhorabuena por Mis seres queridos. ¿Vas a presentarla por aquí?
ResponderSuprimirGracias, Rafa. Todo bien por Valencia? Un abrazo
ResponderSuprimirSí, Araceli, claro que me acuerdo. Gracias. Me temo que no la voy a presentar por allí. Abrazos.
Muy buena réplica, Juan. Un abrazo,
ResponderSuprimirBegoña H.
Gracias, Begoña. Un abrazo.
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